Aprendiendo a caminar despacio

My tires slip as I pull into the hospital parking lot.

“No pierdas tu tiempo buscando un espacio en el garaje,” says my father. “A veces se encuentran lugares en frente.”

“I know,” I respond absentmindedly. I’ve been here enough times to know where to park. I’m busy scanning the lot.

My Jeep inches through the light grey mist. I turn on the windshield wipers. It’s Mother’s Day.

“Look! There’s one,” announces my mother from the back seat.

I pull into the space.

I turn the engine off. Four car doors open.

I walk around the hood to help my 92-year-old abuelo get out of the passenger seat. He waves me off. I close his door.

Though he never graduated from La Universidad de la Habana, he made sure that both his children received a college education. Bent, but unbroken, the years of work and exile have taken their toll on his body. Still, he refuses to use a cane. He puts his hand on my shoulder, but does not place any weight on it.

“Ven pa’ ‘ca, m’hijo,” says my AbuelOscar in a low voice. “¿Cuándo se gradúa tu hermana?”

“Ella se graduó hace dos años,” I respond. “Está trabajando en Washington.”

“Ah. ¿Y cuando viene a visitar?”

“No sé, AbuelOscar.”

“Vámonos, Óscar,” interrupts my mother. “Marta te está esperando.”

We walk toward the hospital entrance. My grandfather takes small, careful steps. I’m walking by his side. His hand is still on my shoulder.

My parents soon outpace us.

“¿Y cuando terminas tus estudios?” asks AbuelOscar.

“Me gradué de la maestría hace dos años.”

“Ah… No me digas. ¿Cuántos años tienes ya?”

“Veinticinco, AbuelOscar.”

My grandfather cracks a smile.

“Mira que estoy jodido.”

I smile too. “No digas eso, AbuelOscar.”

We walk together past the sliding doors. My parents are halfway to the elevator.

“Hold up!” I yell.

They stop and wait while we slowly make our way toward them. They walk ahead again. We reach them just as the elevator doors are opening. My abuelo presses the button for the third floor.

“¿Te acuerdas cual es el piso del cuarto de Mami?” asks my father.

“¿Como que no?” retorts AbuelOscar. “He pasado los últimos setenta y cinco años con tu madre. ¿Cómo que no voy a saber adonde encontrarla?”

We pass through the doors and turn a corner. Her room has a large, bright-red sticker on the door.

I open the bottom drawer of the medical cabinet. My father, mother, and I start donning faded blue plastic aprons and latex gloves. Abueloscar breezes past us. He doesn’t have time for aprons or gloves.

We walk in. AbuelOscar has his hand on AbuelaMarta’s shoulder. He is looking at her tiny, shriveled body with an intensity that he only ever displays in this room. She is asleep. Machines ping and beep all around her.

“Acuérdate, Óscar, que no puedes tocarla sin guantes,” says my mother.

He breaks his concentration only long enough to give her a brief, quizzical look. He returns to gazing on his wife. His hand never leaves her shoulder.

My mother sits on one of the room’s two chairs.

My father offers the other to AbuelOscar. He refuses.

My father sits down.

I lean against the wall by the door.

A nurse walks in and explains that he needs to change her.

We walk out.

There are two chairs in the hallway. My mother and abuelo sit down. I sit on the floor. It feels cold and sterile.

“Sé que hay un cuarto de espera en este piso,” says my father. “Quieren mudarse pa’ ya?”

“Cálmate m’hijo,” responds AbuelOscar. “Yo no me muevo d’aquí.”

My father leans against the wall and opens his book. I try to distract myself with my phone. Abueloscar sits quietly on his chair, barely moving.

The nurse comes outs and informs us that we can renter. My mother and I scarcely rise before Abueloscar is back in the room.

Lo encontramos al lado de AbuelaMarta con la mano puesta en el hombro de su esposa.

“Hola, Marta,” dice Abueloscar, su voz casi inaudible. “¿Estás despierta?”

Ella mueve su cabeza y le responde con la misma mirada que recibió mientras dormía.

AbuelOscar sonríe.

“¿Cómo te sientes, Mami?” pregunta mi padre.

Ella levanta su mano y la mueve de lado a lado.

“Te trajimos un regalo para el Día de las Madres,” dice mi madre alegremente.

Abuelamarta sonríe.

“¿Quieres verlo?”

Ella mueve su cabeza.

Mi madre le presenta el regalo, lo abre y le enseña una bata de casa verde.

“¿Te gusta, Mami?” pregunta mi padre.

Ella sigue sonriendo y mueve la cabeza.

“Llévate la bata pa’ la casa, Óscar, para que la tenga Marta cuando salga del hospital,” dice mi madre.

AbuelOscar agarra la bata y la pone debajo de su brazo. No dice nada. Se instala en el asiento directamente al frente de AbuelaMarta. No la ha parado de mirar.

Pasamos los próximos diez minutos sin hablar.

“Bueno Mami,” dice mi padre, rasgando la sábana de silencio que había caído sobre el cuarto. “Tenemos que irnos. Feliz Día de las Madres. Te quiero mucho.”

Nos despedimos de AbuelaMarta. AbuelOscar es el último que sale del cuarto. Lo acompaño. Él pone su mano en mi hombro.

Saliendo del hospital, AbuelOscar de repente para y me dice, “Creo que me voy a dormir temprano esta noche. Para no pensar. Es mejor no pensar.”

Las palabras están pegadas en mi garganta. No tengo la fuerza para sacarlas.

Mis padres caminando en frente de nosotros hacia el carro. Pauso antes de pedirles que caminen menos rápido, y me acuerdo de cómo yo le hacía la mismo cosa a AbuelOscar. Siempre caminaba a delante de él, paraba, lo esperaba y caminaba de nuevo.

Nunca me regañó. Nunca me dijo nada. Solo me seguía, paciente y desesperado. Esto pasó innumerables veces, hasta que un día—sin decirme una palabra—me enseñó a caminar despacio.

Llegamos al carro y le abro la puerta. Dejo que se monte solo y se la cierro. Me monto yo y guío el carro hacia la casa AbuelOscar.